Resulta que todas (o la mayoría de las personas que conozco) tiene a alguien a quien llamar a las 2am de un sábado por la madrugada, después de una noche de borrachera con los amigos.

Existe entre sus contactos, esa persona que les rompió el corazón en pedacitos pero que sigue haciéndolo latir cada vez que le mencionan su nombre. Ese contacto que hay que tener casi bloqueado si no lo has ya eliminado porque al día siguiente después de 11 llamadas y algunas confesiones nocturnas, puede que se arrepientan de haberlo expuesto todo, una vez más.

Mis amigas siempre terminaban por soltar las lagrimas, al hablar con el ex –amor de sus vidas. Llorar de lo que se hizo, de lo que no, de lo que se quiere pero no se puede. Llorar porque el alcohol surge efecto y ablanda el corazón. O terminar gritando, enojándose, reclamándole al destino o a la vida porqué terminamos aquí, así. Por mi parte, nunca tuve ese problema, la vida no me dio hasta ahora alguien a quién dedicarle esa llamada en plena madrugada.

Quizás no tenía a quien llamar. No me importaba porque tenía una canción para escuchar. Cuando las copas se me habían pasado, llegar a casa a mitad de la noche, que la cabeza me diera mil vueltas, y que Prehistöricos sonase en mi habitación mientras lo digería todo, era lo mejor. Yo nunca recurrí a una persona, yo escuchaba “Que suba el momento”.

Con esta canción me pasa de todo: quiero llorar, quiero bailar, quiero saltar, quiero quedarme recostada sin hacer nada más que escucharla. Supongo que está bien, que mañana no me arrepentiría de nada, que mejor terminaría coronando una buena noche con una gran canción.

– Poly