Un museo siempre será un rincón de luz en el otoño.

Me gusta pasar las tardes de octubre admirando obras de arte, caminando por los pasillos del Museo de la Ciudad, sin esperar nada a cambio.

Bastan unos cuantos pasos de la entrada para empezar a percibir la magia que inunda aquel lugar sagrado, rodeado de profundo silencio y sumergido en nostalgia por lo efímero del momento.

Paso las horas recorriendo sala por sala, cada una aguarda un mensaje oculto resguardando el momento por ser descubierto por ojos curiosos. Me pregunto qué llevó al artista de determinada obra a crear semejante manifestación de arte. El artista se conecta a través de su arte, lo puedes sentir y experimentar gracias a su obra que ha dejado para ser contemplada.

Entre escaleras y pasadizos secretos recorro el museo, me fascina perderme en él. Mientras allá afuera el tiempo corre, yo me encuentro inmersa en un mundo de arte, protegida detrás de una barrera de cuadros y esculturas. Qué bendición son los museos, que aguardan maravillas y protegen del frío. Y serían aún mejor con canciones como ésta de fondo. Un poco de compañía en forma de música.

– Poly