“Uno nunca sabe qué le deparara el destino y la vida cuando decidimos emprender un viaje, no se sabe qué espera en el otro punto del mapa, las personas que llegará a conocer, los lugares que descubrirá, qué tan cansado o fascinante será el camino a recorrer”

Estos eran los pensamientos que cruzaron mi mente el mes pasado, cuando estaba a punto de tomar el avión con el cual iniciaría mi primer viaje lejos de casa planeado por mi cuenta. Aún recuerdo el oleaje de sentimientos encontrados que tenía dentro de mí, sin embargo uno prevalecía ante todo: era feliz.

Este verano me embarqué en un viaje por Sudamérica y, amigos, ha sido de las mejores decisiones y experiencias de mi vida. Siempre que viajo, dos cosas me resultan vitales (y no estoy hablando del cepillo de dientes o mi billetera) son mi libreta y mi reproductor de música. Un viaje siempre resultará por mucho, una de mis mayores fuentes de inspiración tal vez es el hecho del cambio de la rutina o el crearme una vida ficticia lejos de casa, donde al no ser nadie puedo serlo todo. Las posibilidades de llenar las páginas de mi libreta se incrementan cuando me pongo mis audífonos y la música se vuelve mi compañera de aventuras.

Tres semanas, tres países distintos, tres canciones que estuvieron presentes en este recorrido. A esta experiencia le dedicaré tres escritos siempre mezclados por las notas que hicieron que el momento fuera aún más memorable.

Esta canción me recuerda a cuando todo comenzó, en la sala de abordaje con una de mis mejores amigas a mi lado, a plena madrugada, cuando mi aventura de verano realmente comenzaba.

-Poly