La primera vez que el nombre Sofía fue importante para mí, fue cuando estaba en secundaria. Mi hermano tenía un trabajo de verano en Blockbuster y cada semana llevaba tantas películas que pronto se nos acabaron las opciones palomeras; así fue como conocí a Hayao Miyazaki. No sé cómo comenzar a explicar el maravilloso mundo de Miyazaki, es como descubrir un paraíso perdido lleno de los más coloridos paisajes, los habitantes más valientes y la comida más deliciosa de Japón. Y ahí, en ese mundo, vivía Sofía: rostro suave, cabello largo, voz dulce.

Cuando pienso en el castillo ambulante no puedo evitar escuchar a Joe Hisaishi, veo bailar a Sofi en el cielo, de la mano de Howl. Me enamoré de ellos dos, de lo fuerte y puro que es el amor, quería algo así para mí.

La segunda vez que el nombre Sofía tomo un lugar en mí, fue cuando me encontré a la niña más berrinchuda que he conocido. Sus cachetes eran tan grandes que a veces me preguntaba si era un hámster y guardaba comida en ellos. Al poco tiempo me encariñé. Hicimos un trato silencioso: yo jugaría sus juegos si ella aprendía los míos; así empezó a interesarse por el hula hoop, mientras que yo veía una y otra vez sus películas de Barbie o le cantaba canciones infantiles.

Me enternecía darme cuenta de que se interesaba por mí cuando me preguntarme cómo era mi familia. Sonreía cuando, al leerle, se quedaba dormida en mi pecho, me hacía reír mucho con sus ocurrencias y me encantaba ver cómo iba aprendiendo nuevas cosas. Ver a mi niña correr hacia su salón de baile, con el peinado de ballet que ella y yo inventamos, con las zapatillas un poco chuecas pues no se quedaba quieta cuando la estaba vistiendo. Quedarme parada en la entrada, porque sabía que le gustaba voltear y despedirse a lo lejos.

Cuando se asustaba me pedía que la cargara, así ella se sentía invencible, intocable. Dejaba de llorar al instante, para ella, mis brazos eran el lugar más seguro del mundo, estaba a salvo, yo era su súper heroína. Yo me aseguraba de apretarla fuerte y cuidar de mi enorme tesoro.

Antes no tenía miedo de lo que me pudiera pasar, de lo que pudiera pasarle a mi vida. Y al ver por el retrovisor su pequeño cuerpo, apenas envuelto por el gigantesco cinturón de seguridad, me estremecía de temor pensar que tenía en mis manos a alguien tan frágil.

Poco a poco, mi niña me enseñó que el amor viene en distintas formas y presentaciones. Ella, tan pequeña, me enseñó que amar es entregar sin esperar algo a cambio y, sin embargo, recibir el doble de lo que entregas; que es también aprender a cuidarte para poder estar para alguien que necesita de tu cuidado. En sus ojitos encontré un amor fuerte y puro, como el que estaba buscando.

– Cotton Mouth

Fotografía: Howl’s moving castle (2004) Dir. Hayao Miyazaki.