Hace un poco más de dos años sucedió la que -para mí- ha sido la mejor semana en términos musicales en los veintisiete años que llevo viviendo en la Ciudad de México. Empezó un domingo, con la presentación de Amon Tobin en la clausura del Mutek 2014. Yo sabía que iba a un show espectacular, pero nadie me avisó que se trataba de una experiencia audiovisual tan bien hecha que, de pronto, te confunde sobre qué sentido debería estar más concentrado, mientras intentas registrar todo lo que está sucediendo frente a ti.

En algún momento, durante la hora y media de estar con los ojos clavados en las proyecciones de mapping en tercera dimensión, y los oídos ahogados en bajos que hacen que tiemblen hasta los huesos , tuve un sentimiento abrumador, una idea inconclusa, una sospecha de lo que en ese momento no supe poner en palabras, pero regresaría unos días después…

Si nunca han visto nada de Isam, el show de Amon Tobin, con este video se pueden dar una idea:

Luego llegó el miércoles. Atoms For Peace. Thom Yorke y sus amigos. El club de los niños prodigio. Ir a ese concierto es lo más cercano que existe a un viaje al futuro. No sé cuántos años adelante vayan, pero ellos están haciendo música que el resto de nosotros no sabíamos que se podía, o que se valía: adiós a los coros, a los puentes y a las estructuras predecibles. A la chingada las melodías cantables y fáciles de recordar, ¿quién las necesita?

Ahí, lo único que hay es música en un nivel demasiado atascado, casi grosero. Parece que establecen una base, un tiempo y una escala y luego la tarea de cada uno es ir y componer lo más complejo que se le ocurra. Lo impresionante es cómo logran juntar cada una de esas partes en una unidad libre de caos, y cómo para ellos tocar eso en un escenario no es un tema de complejidad, sino de diversión y libertad creativa. Se la pasan bien.

Mientras tanto, yo no sé a qué ritmo moverme de la cantidad de contratiempos que hay. Mi cuerpo no le atina a un solo beat, son imposibles de seguir, más bien me arrastran, me avientan a un riff que me atrapa, me traba y me libera a su antojo. Y de pronto, en medio de una voz que sube, flota, fluye y sepa la madre dónde va a aterrizar, me vuelve a invadir ese sentimiento abrumador del domingo, pero ahora sí lo logro explicar: se siente como darte cuenta que estás hasta abajo de la cadena alimenticia, y no poder más que admitir que el león es demasiado pinche bueno. El Rey. El mejor de todos. Tan bueno que le aplaudes y le das las gracias.

Es raro ir a conciertos tan buenos y escuchar proyectos así de consolidados mientras intentas estar, competir y sobrevivir en la misma selva. Presenciar algo así puede ser tan inspirador como devastador. ¿Trabajo para acercarme a eso o me rindo de una vez?, ¿cuántos años de práctica y ensayos se necesitan?, ¿cuántos recursos para tocar un show así? Y no es que el objetivo sea llegar exactamente a lo mismo, pero esas preguntas son inevitables y ayudan a dibujar el mapa de dónde estás parado. De pronto, Amon Tobin tan sólo parece un joven leopardo, mientras que tú, de lobo aún no tienes más que el nombre.

A mí me parece que deben tomarse como lecciones de humildad y recordatorios del poder de expresión del que puede ser capaz una canción. No se trata de medirte ante el tamaño de la producción, sino ante las emociones recibidas. La calidad de un proyecto no tiene nada que ver con el número de asientos en el venue, ni discos vendidos, o likes en Facebook. La música tiene la bondad de tener el indicador más honesto, accesible e inmediato: las reacciones de la audiencia. Ahí es a donde debes voltear si estás preguntándote si vale la pena seguir o no.

Existe una noción extraña de que hoy en día, con todas las redes y plataformas en Internet, es más fácil que una banda se vuelva exitosa. Esta idea es engañosísima; sí, hay más chances de que gente escuche tu música y la comparta, pero eso no quiere decir que sea más fácil que trascienda. Es decir, no puedes tocar peor y salirte con la tuya. El éxito nada tendrá que ver con los métodos de descubrimiento, al final nunca dejará de estar atado a ese indicador tan básico y primitivo que es el sentimiento que provoque en quien la escuche: ¿te mueve o no? ¿Tiene alma o no?

El número de artistas que compiten por atención es proporcional a la cantidad de información que se maneja en una época. Y el número de los que sobreviven es proporcional a la capacidad de atención y velocidad de consumo que dicha época permita. Hoy, igual que en toda la historia de la música grabada, en esta selva sólo la libran unos cuantos. La gran diferencia es que antes sólo topabas a los animales más grandes, mientras que hoy, toda la colonia de hormigas presume su intento de ser león.

El segundo día volví a ir a Atoms For Peace, sólo para comprobar que no había exagerado nada del primero, pero la semana aún no había terminado.

Ese domingo, mientras esperábamos a que saliera Sigur Rós a cerrar uno de los escenarios del Corona Capital, un amigo me dijo que temía que Atoms For Peace hubiera destrozado su emoción por la música. Qué equivocado estaba. Piel chinita todo el concierto. Alma. No se trata de otra cosa.

– Diego Morales