La puerta de la habitación ha estado abierta durante un tiempo. Te dejé entrar y desordenar los libros y las películas, jugar con los gatos y dejar tus botas enlodadas sobre mi alfombra de felpa.

Hace un rato llegué a casa y me quedé esperando en el coche, ajá, esperando quién sabe qué. Quizá esperaba que la lluvia se detuviera un poco porque el paraguas lo había dejado en tu casa el otro día que también peleamos.

Me metí corriendo cuando sentí que el golpe en mi mejilla comenzaba a arder. Mojada y llorosa. Lentamente cerré la puerta de la habitación con la intención extraña de no querer volverte a dejar pasar. En silencio me quité las botas y las puse en su lugar. Me quité la falda y me quedé en calzones y playera parada en medio del cuarto. Nari vino a ronronearme por las piernas y entonces comencé a llorar como nunca.

Hoy por la tarde golpeaste mi mejilla. Estabas desesperado porque no sabías cómo alejarme. Nos habíamos hecho tanto daño y yo no quería parar. Me dijiste que me fuera y yo insistí en quedarme, me pediste de mil maneras que parara y nos dejara solo con lo bonito. Yo nunca entendí que no todos queremos de la misma manera.

Cuando me senté en la alfombra quise hacerme bolita y desaparecer, entonces recordé que esta vez tenía que hacer las cosas diferentemente. Tenía que cerrar la puerta con seguro y no abrir hasta que el lugar fuera mío de nuevo.

Como ritual lo primero que hice fue prender las velas de vainilla, después tomé el cassette que Mo me había regalado hace un tiempo, cuando nos dejamos. Por alguna extraña razón necesitaba escuchar a Natalia y recordar cómo era dejar ir: “La fugitiva sensación de un beso largo que se me escapó”.

Recosté mi cabeza sobre la cama, y sentada en el piso comencé a hacer un recuento de todo. Te quería tanto y me costaba trabajo pensar que no estarías de nuevo sonriéndome tan de cerca. Nunca dejamos de tenernos, más bien dejamos de nutrirnos. Dejamos de embonar y eso no significaba falta de amor sino necesidad de continuar, de diferente forma. Te di lo que tuve y me diste lo que podías.

Las lágrimas rodaban en mis cachetes y como magiecita mi cuerpo comenzó a sentirse fuerte, la música bonita comenzó a pintar de colores mi interior y entonces ya no pensaba que eras malo o que me habías herido intencionalmente. Me amaste como pudiste hasta dejar que tus peores demonios salieran a defenderte de los sentimientos.

Era tiempo de cuidarme y de recuperar esas sonrisas que salían cuando apenas sabías quién era yo. Natalia me ayudó a recordar que dejar ir no es olvidar. Yo recordaba cuando escuchaba esas canciones pero las relaciono ahora contigo y me dejan ver que todo es un ir y venir de experiencias y que por más maravillosas que sean en algún punto dejan de enriquecer y es momento de avanzar.

Llorando y sonriendo al mismo tiempo te agradezco todo lo bueno y lo malo y me quedo contigo por el tiempo que me quieras tener dentro, pero sobre todo me regreso a mi misma todo lo que solté por agarrarte a ti.

Calmé mi cabeza y con este tributo tan bonito me metí en las cobijas y caí.

Me desperté la mañana siguiente sabiendo que ya no éramos pero seguías estando, guardadito adentro junto con los recuerdos de los mejores dos años que alguien pudiera pedir.

– Aimée