Cuando creces, te das cuenta que el mundo de los adultos es terriblemente trágico. Descubres que trabajar es el pan nuestro de cada día, que las responsabilidades se suman día con día y que ya no hay escapatoria: has crecido y ahora debes ser un adulto en toda la extensión de la palabra. ¡No hay salida!

Cuando cumplí los 18 años recuerdo que me sentía muy contenta, me urgía ser mayor de edad para no tener que volver a escuchar a mis padres decirme que era muy chica para tomar ciertas decisiones. Los cumplí y creía que era invencible, me iba de fiesta, mi única responsabilidad era la escuela y mis amigos siempre estaban allí para pasarla bien. En la mayoría de edad me fue medianamente bien, no podía quejarme, nunca falta el drama amoroso y no fui la excepción a la regla.

Al llegar a los 20 la cosa fue cambiando poco a poco. Ya no todo parecía ser tan cool, ahora tenía que estudiar y trabajar para obtener la experiencia que exige ser un profesional. Entonces allí abrí los ojos y descubrí que ser un adulto no está nada chévere. Ser un adulto es dejar de ser inocente por completo. Es enfrentar la estúpida realidad con las herramientas que encuentres, y salir lo menos destruido posible de cada batalla.

Lidiar en el trabajo con gente amargada que se encuentra en ese estado porque ha dejado atrás sus sueños por obtener un empleo fijo que le permita cubrir sus gastos. Despertarse temprano para correr y no llegar tarde a la oficina. Pasar horas frente al computador para sacar el trabajo que te exigen los jefes. Eso y mucho, pero mucho más, te espera cuando te conviertes en un adulto.

Yo he decidido renunciar a la estúpida realidad y ser una niña por siempre ¿y ustedes?

– Romi TO