¿Qué fue primero, la música o la miseria? Así empieza una película que se ajustó al momento de mi vida en que la vi: estaba viviendo algo similar a lo que le sucedía al protagonista. Existen esas películas que se te aparecen en el momento adecuado; creo que, en realidad, uno presta más atención a tramas que aunque siempre estuvieron ahí, se vuelven importantes cuando puedes identificarte y tomar un mensaje específico.

Esta es la historia del dueño de una tienda de acetatos que está atravesando por una especie de crisis en su vida amorosa. Obviamente, como buen #musicjunkie, lo primero que hace es llenar su cabeza con miles de canciones de rechazo, soledad, pérdida y dolor. Me pregunto por qué es tan lógico escuchar música depresiva cuando te sientes tan triste. En su intento por sanarse, empieza a hacer un recorrido musical por medio de sus viejos viniles, recordando así algunos de sus viejos amores.

A veces la memoria falla, otras veces queremos olvidar para hacer espacio a nuevos recuerdos, pero es imposible engañar a nuestros sentidos al escuchar una canción que formó parte de tu historia con otra persona. Tu cuerpo reacciona. Evocas un rostro, un olor, una risa. Repasas cada detalle y te preguntas, ¿por qué no funcionó?, luego recuerdas, claro. Es entonces que cada canción de amor necesita una de desamor que te haga llorar y después, otra más que no tenga nada que ver con el amor. Tal vez es por eso que escuchamos tanta música depresiva, porque así nos da la sensación de cicatrizar más pronto.

Esta es la combinación de canciones para sanar que John Cusack y yo escogimos. Y si me preguntan a mí, la miseria vino primero.

– Cotton Mouth

Fotografía: High Fidelity (2000) Dir: Stephen Frears.