Le he dado a mi dolor un nombre, y lo llamo “perro”.
Nietzsche.

Si algo de verdad me hace sentir viejo es este comportamiento atávico de llegar a tirarme en la cama de la pieza y contemplar severos -e improductivos- minutos el vacío del techo, es decir; mirar a la nada en realidad y recordar tras una arritmia en el pecho que hago esto desde la adolescencia sin ninguna razón hasta ya mis casi 30.

Para estos momentos seguro ya puse a aullar a los “Perros tristes”, un playlist desos’ campechanos que – según yo – comparten el mismo patrón de soledad en sus letras y acordes menores, un playlist que nunca queda como quieres, que se modifica a diario, se le borra, se le agrega, siempre cambia, ha de ser porque a lo mejor ni a mí me gusta.

Mientras me guste o no, todo este quitar y poner empezó con “Perro viejo” de Axel Catalán que me ha revivido un concepto-idea-tótem-filosofía o lo que sea que fielmente me acompaña siempre; hablar de perros me implica tal desgracia e infortunio que me obliga a llevarlo conmigo a todos lados, a cada idea o poema como parte de mí. ¿Para qué? Ni yo sé, supongo que es mera condescendencia.

Es que si lo piensan es el animal más desafortunado de todos, impuesto en un ambiente que no entiende es obligado a interactuar en un sistema social en el que no participa, siempre convencido y engañado con trucos baratos a acercare y a confiar en los hombres, y es lo que termina siendo la peor parte; el estar tan cerca de nosotros y aún más grave el decidir quedarse.

También a veces tendido en la cama me gusta pensar que existe un orgullo en esa soledad, que existe una sinuosa explicación cantada por esta revoltura de nueva y vieja generación de perros tristes. A ver al rato que le quito a los aullidos.

-delperrosinlengua