Las luces de mi coche nos guían por la carretera.

-¿A dónde vamos?-

Yo tampoco estoy segura, estamos perdidos entre matorrales y señalamientos. Después de un rato llegamos a un lugar vacío. Una persona nos espera.

-Pasen al sótano-

Una canción. Muevo la cabeza a forma de baile. Dos canciones. El humo se empieza a hacer denso. Tres canciones. La gente camina de un lado a otro sin darse cuenta de las ondas sonoras que chocan contra sus cuerpos. Yo siento las ondas, quisiera moverme de aquí pero sólo puedo quedarme parada y observar.

De pronto percibo una canción que despega mis pies del piso. En mi mente lo veo todo: el baile, los calentadores, su corazón en la mano…

No hay vuelta atrás, ¡he perdido el control! Mi cuerpo se ha conectado a la música y ya no soy yo quien guía mis pasos. Abro espacio entre la gente hasta llegar al centro. ¡Me muevo a toda velocidad! Sacudo mis brazos, agito la cabeza. Mis botas chocan contra el suelo lleno de cristales y cerveza, el mundo a mi alrededor ha dejado de existir.

Poco a poco regreso cuando se disuelven los sonidos que tomaron mis extremidades. Me acomodo el cabello y la falda como quien aterriza de un vuelo espacial. Sonrío, volviendo a mi lugar en espera de la siguiente canción que me saque de la Tierra.

– Cotton Mouth

Fotografía: Flashdance (1983) Dir. Adrian Lyne.