Llegó el día.

Me pongo mis botas y mi chamarra de piel. Doy vueltas por mi cuarto, no puedo encontrar las cosas que necesito. Veo la hora y ya es tarde. Me apuro y salgo corriendo de mi casa; estoy ansiosa, piso a fondo el acelerador.

Al bajarme del coche titubeo y me quedo parada en medio del estacionamiento, pero un azul neón que parpadea en lo alto de la azotea me indica que estoy en el lugar correcto.

Un par de horas, unas cervezas, un cigarro. Al fin estoy adentro, la gente me empuja y yo trato de enfocar la cámara, al mismo tiempo que intento llegar al frente, al pie del escenario. Minifalda enciende a la gente con sus enérgicas ondas sonoras, conectando con el público como si se conocieran de tiempo atrás. Hay poco espacio para bailar; me imagino cómo será para Siddhartha pasar entre tantas personas que permanecen fieles alrededor del escenario para poder verlos de cerca.

Otro rato más de espera. Minifalda ha dejado el foro y ahora las ventanas retumban con el sonido de canciones de moda. De pronto se escucha un fuerte bullicio a mis espaldas. Doy la vuelta y descubro a alguien evitando ser tragado por la gente que quiere tomarle una fotografía. Es él; como imaginé, Jorge Siddhartha se dirige con dificultad hacia el escenario.

La ola de emoción se hace cada vez más grande, el cansancio de mis piernas desaparece al ver a Siddhartha subiendo los escalones y plantando sus pies frente al micrófono.

Estábamos esperando este momento. La electricidad de la gente aumenta frenéticamente cuando comienzan los acordes de Al anochecer. Las luces de colores acompañan el movimiento de nuestros cuerpos. Canción a canción, se va creando un ambiente muy familiar, con un suave sabor a playa y bosque.

Escuchar a Siddhartha de frente es la forma más honesta de envolverte en su música; así es que me quedó claro por qué ha llegado tan lejos.

– Cotton Mouth