Tomo mi bicicleta con las pocas fuerzas que me quedan, con 25 pensamientos en mi cabeza y el alma destrozada.

Tomo mi pequeña bicicleta y conduzco alrededor de esta pendeja ciudad.

Doy vuelta en el puesto de tortas del “Tonny”, y me doy cuenta que mi corazón se acelera con mayor intensidad, sigo derecho, no me detengo.

Cruzo avenidas donde he estado a punto de morir, pues los conductores aprovechan el tráfico para tomarse una selfie en el cambio de verde a rojo durante un aproximado de 10 a 30 segundos.

Me lagrimean los ojos, pongo de pretexto que es la pinche contaminación. Veo que algunas ratas salen de las coladeras y un recuerdo se atraviesa por mi mente, me encuentro en medio del ajetreo de las multitudes, paso por debajo de puentes donde han sido testigos de las historias más tónicas, bellas y miserables de esta ciudad.

Recorro calles sin sentido, o tal vez con doble sentido a la vez, no lo sé. Me siento como en una película muda, donde las personas no dicen nada solo interactúan entre sí, mejor aún, me siento en una escena de “Un Chien Andalou”, sacada de un sueño de un cineasta iconoclasta y un pintor surrealista.

Avanzo y paso delante de tu puerta, tu mamá me dice hola, veo un perrito corretear al gato de la vecina, veo a través de la ventana, ahí estás tú con el torso desnudo, te observo semi-desnudo pero no estás conmigo.

En ese mismo instante suena en la cafetería de la esquina “You are the last to know” de Norwayy.

Tomo mi bicicleta con las pocas fuerzas que me quedan, con 25 pensamientos en mi cabeza y el alma destrozada.

– Steph CB