El calor ya comenzó. Entro al cine teatro bañada en sudor; agitada, trato de hacerme camino por las oscuras escaleras. Entre tropezones y susurros logro encontrar un lugar en la penúltima fila. En la película, el calor también ha comenzado con el verano de un pueblo en Turquía.

5 hermanas, de silueta perfecta y cabello largo, atrapadas en un lugar al que llamaban casa, obligadas a seguir tradiciones. Todas ellas desbordando una pasión por la libertad, anhelando escapar lejos. Soñaban con los días en los que pudieran reír sin miedo a ser castigadas, ser libres de hablar y hasta de enamorarse de quien quisieran.

Esos sueños no llegaron. Me siento triste de verlas apagarse, parecía que ni siquiera eran dueñas de su cuerpo.

¿Y yo? ¿Soy dueña de mi cuerpo?

Cuando nací me hicieron pensar que no lo era, y es como si, año con año, cada paso que doy fuera decisivo entre apoderarme de lo que siempre fue mío o dejarlo a la suerte de otros.

Llegué aquí hace un par de décadas. Eso son varios años de decisiones, que se resumen en tomar o dejar reglas. Me incomoda pensar que durante mucho tiempo hice las cosas simplemente porque sí, que dejé de hacer algo porque no estaba bien visto y que pasé mucho tiempo cuidando mi peso y mi ropa, al grado de lastimarme y sentir vergüenza de mi propio cuerpo.

No me gusta cuidar lo que hago. Me gusta llevar el pelo suelto, las perforaciones y usar la piel como lienzo. Me gusta bailar y desnudar mi piel para que respire. Me gusta ensuciarme, andar descalza y que la lluvia baje por la forma curveada de mi cuerpo.

Por sobre todo me gusta ser libre, me gusta escoger. Hoy me es importante decirte que no somos dueños de nuestros cuerpos, que no soy dueña de mi cuerpo, hasta que probemos lo contrario.

– Cotton Mouth