A los 12 años quería ser vaquera. A esa edad, la vida de campo me parecía la mejor.

Mi papá me llevaba muy seguido a la granja de mis abuelos. Me gustaba el olor a alfalfa, las lenguas rasposas de las vacas, el sonido de los lechones amamantando.

En el rancho vivía Chayito. Era una niña callada, lo cual me venía bien pues yo tampoco era de muchas palabras. No había que hablar mucho para correr atrás de las gallinas. Ella era muy valiente; no le tenía miedo a las serpientes, ni temía matarlas con el machete de su papá. También me acuerdo cuando me llevó a las vías del tren. Chayito no hizo ningún gesto, pero a mí casi se me salió el corazón al ver a ese monstruo de hierro pasando cerca de mi nariz.

Eran días que no quería que acabaran. Me sentía feliz, nunca me quería quitar mis botas aunque estuvieran llenas de estiércol. Después dejé de ir tan seguido y poco a poco fui olvidando lo que quería. Aún así, creo que una parte de esa niña de campo sigue conmigo. Escuchar a Kenny Rogers me recuerda a la granja y al cuarto de mi abuelo, tapizado de sombreros y piel de vaca, en donde él se sentaba a escuchar música country y beber coñac.
A lo largo de la vida queremos ser muchas cosas. Yo pienso que esas cosas no mueren, sino que se quedan dormidas y a veces despiertan. Entonces, tal vez no dejamos de ser esos que alguna vez fuimos, tal vez sólo necesitamos recordar.

– Cotton Mouth

Fotografía: Dallas Buyers Club (2013) Dir. Jean-Marc Vallée