Cuando crees que todo va de lujo, las caídas duelen más.

Jueves 3 de diciembre. Prometía ser un día normal. Después, empezaron algunas sorpresas en el camino, visitas matutinas que terminarían la ausencia de los últimos días. Nos extrañábamos.

Nada fue como pensamos, y para qué hacer el cuento largo si todo terminó en moretones, gritos y decepción. Nos habíamos extrañado y ahora sólo estábamos peleando y llegando a la orilla. Y quizá todavía me avergüenza contarlo y quizá siempre me avergüence aceptar. Hay veces que te dicen que debes tener un tope ¿y si no lo tengo?

Chapa cerrada. Pijama puesta. Cobijas encima. Acompañamiento musical.

Esa noche ya no quería pensar en lo sucedido, no importaba qué había pasado exactamente, en realidad era irrelevante, ya no me culpaba de haber decepcionado, ya no me dolían los jalones tampoco. Me hundía en la almohada y no quería saber de nadie. La música, seleccionada claramente con la intención de llevarme fuera de aquí pero hacia adentro también, me ponía en un estado nostálgico pero de resignación. No tenía muchas ganas de volver.

Cerraba los ojos y estaba ya en ese Shangai cósmico, caminaba por una avenida llena de gente, los edificios pintados del atardecer rosa me hacían ir más lento, no quería volver al cuarto, no quería saber que él ya no estaría, que yo había fallado, que él también. No quería recordar sus manos enojadas, sus ojos llorosos. Llegaba a la playa y me sentaba a la orilla. La música seguía haciéndome fondo. Guardé silencio en mis pensamientos para dejarla inundar el lugar y veía las olas del mar ir al ritmo.

Alguien me tocó el hombro de pronto, irrumpía la paz que estaba logrando, voltee y vi quién era, entonces el llanto me ganó y la sonrisa inexplicable me delató, no importaba a dónde fuera, ahí estaba. Se sentó a mi lado, como lo ha hecho durante el último año, me puso la mano en el cuello y me jaló hacia él.

Su respiración se sentía calmada, no había gritos y no habían reclamos, entendíamos que no se trataba de caminar juntos sino de sentarnos juntos, un rato. Hasta que la paciencia nos comiera.

Nos besamos, como siempre lo habíamos hecho, y nada cambiaba. La música se iba haciendo un poquito más lenta y bajita, entonces de sopetón regresé a la habitación, abrí los ojos y lo extrañé.

Es complicado como todos a mi alrededor repiten que nada está bien, pero cuando estoy dentro de la burbuja que creamos él y yo, parece lo contario.

Me quedé dormida, llorando, perdonándolo y perdonándome. Lo que pasó al día siguiente no tiene caso contarlo, no estaría ni siquiera hablándolo si no hubiera ido como tenía que ir.

El OST que utilizo para llegar lejos cuando no sé tomar decisiones es justo este, me lleva a lugares distintos cada vez, y a sensaciones que, aunque se parecen, jamás serán idénticas con cada reproducir, espero que los pueda hacer sentir, y que los encuentre con quien sea que más extrañen, con ustedes mismos también, que los ayude a aceptar errores, a quedarse o a dejar ir pero, sobre todo, que los lleve a perdonar.

Él no falló, yo tampoco.

– Aimée

Fotografía: Her. Dir. Spike Jonze, 2013.