II

 

Los perros de Tamayo. Los perros de Rulfo.

Había despertado de una pesadilla. Sentía que habían pasado horas, sin embargo por el cansancio que me perseguía seguro fueron poco más de 5 minutos dentro del sueño. Esa irregular propiedad del tiempo siempre me ha vuelto histérico.  Pero algo más que el cansancio me persiguió por al menos dos semanas desde esa noche donde aceptaba mi muerte. Era como si algo se hubiera adherido a mí y me lo hubiera traído de este lado. No estoy hablando de algo sobrenatural. Era más bien un misterio. Un acertijo que tenía que resolver. Algo que me interrumpía y robaba mi concentración a diario.

Seems to come so natural.

Caí de nuevo en un espiral de apatía.  Terminé pensando cosas horrendas tratando de darle una explicación a esa noche. Me asusté o más bien mi subconsciente lo hizo. Decidí dejar el peso del asunto en mi espalda.

Una tarde de mucho viento el portero del departamento me extendió un clásico sobre gigante de color amarillo llegando del trabajo. No es que lo esperara pero pude suponer lo que venía dentro y quién lo enviaba. No disminuía ni un poco mi sorpresa. Esa era la principal razón por la que tenía esa conexión con el remitente. Sabíamos adivinar nuestros movimientos a distancia o frente a frente, nos entendíamos sin palabras y sabíamos leernos entre líneas a través de todo un rodea de choros sin sentido. Eso, o lo supuse porque días atrás una de sus mejores amigas me pregunto mi dirección en la nueva ciudad a la que me había mudado. El punto es que si existía – al menos en mí – una visceral definición de lo que llamaría “lo que he buscado todo este tiempo”  sería ella.

I was dreaming as you spoke and not listenin’ to you

Subí las escaleras al departamento, desempaqué los víveres que había comprado y los coloqué en la heladera, llamarla heladera siempre reafirmaba mi posición de snob como bato independiente. Saque la comida que se me había podrido una vez más en espera de cocinar algo para las visitas -por si algún día llegaban- y el olor fermentado me trajo ciertas imágenes específicas de mi futuro siendo yo mis propios hijos. Nunca he entendido esa visión. Tomé el sobre y me tiré en la cama junto a este. Como siempre miré al techo. Me gusta controlar la impaciencia. Será porque disfruto tanto ese sentimiento tan familiar de felicidad melancólica mezclado con el ansia de la curiosidad. Es lo más cerca que puedo estar de la plenitud. Escuché el conteo de un segundero marcando el tiempo y me lancé al sobre amarillo. Mientras lo abría, me daba cuenta que en la pieza no tengo un reloj análogo con segundero, ningún reloj en realidad. Recordé su cara. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vi? Lo sabía con certeza, seguro. Pero otra vez esa irregular propiedad del tiempo golpeaba –y cómo odio que la gente me haga eso-  mi espalda con la palma de la mano. Mi espalda, el peso de la pesadilla.  Las ventanas. El insomnio de esa noche. Los perros de Tamayo. Los perros de Rulfo. Lo sabía. Tendría que lidiar con el tormento más controversial de mi presencia en esta realidad. El acertijo y la respuesta. Dentro, había un grabado en tinta negra con el rostro de Rulfo y la quijada de dos perros embravecidos saliendo de su cabeza. Titulado “¿No oyes ladrar los perros?” era una obra original de un artista de mi pueblo que representaba todo lo que iba siendo por ese tiempo. Un montón de voces. Pero había algo más. Una carta escrita a mano con la prisa de alguien que no puede detenerse justo antes de dar un salto, la prisa de alguien que acaba de tomar una decisión conteniendo la respiración y sabe que se arrepentirá si deja entrar un poco de aire de cordura. Una confesión sin saber por dónde empezar, un mareo de dudas y disculpas que terminaban vomitando su prospera boda. Arrugué las hojas en mis puños y tuve una visión clara de una mujer vestida de blanco tirando la puerta y cercenando mi cabeza. Mandé enmarcar el grabado con la instrucción de colocar la carta arrugada en la parte trasera del marco. Como una semilla enterrada en una tierra árida que no dará frutos. Luvina. Decidí colgarla a un lado de mi ventana para mirarla alumbrada por la noche  antes de dormir. A veces desgarra un portal… otras me sirve de ancla.

Thought it’d be easier for me to think of her

-delperrosinlengua