Un domingo por la tarde, cuando las niñas van a jugar al parque chocaste conmigo. Aterrizaste con gran velocidad, tanto que en muy poco tiempo ya estabas dentro de mí.

Te sentía en mi pecho y en mis pensamientos.

Cerraba los ojos y me tocabas con tu fuego.

Solíamos navegar entre el dolor y el olor, porque todo lo que duele nos nace y todo lo que nace es un parto y todo parto es una vida y por cada vida una muerte.

Y así nos moríamos, a gritos nos compartíamos los colores del cielo, los  partíamos en mil pedazos para comérnoslo entre gotas de sed y oscuridad.

Nos despojábamos de los astros y los dioses, mientras las estrellas nos hacían bailar.