Un carro a toda velocidad, mujeres extasiadas gritando y bailando. Viernes por la noche, una carretera desértica y dos carros más se juntan a nosotros. Más mujeres poseídas por la fiebre del viernes y la música de Gino. Y allí me encuentro yo, un hombre de 56 años rodeado de mujeres feministas que demandan y exigen diversión, imprudencia, alcohol: absoluto descontrol.

Me aterro, temo que la conductora embriagada pierda el control del volante y derrape. Si eso pasara todos moriríamos. No quiero morir, aún me faltan algunas cosas por hacer; una de ellas es ver a mi hija titularse. No, no pienses más en un choque e intenta hacer entrar en razón a la conductora del vehículo. Imposible, no escucha. Me ignora de la mejor forma que sabe: sube más alto el volumen y grita como loca.

Debo buscar otra forma de bajarme de aquí, pero la carretera está muy solitaria y obscura. ¡Un tope! ¡Santo Dios, qué gente es esta!

-¡Detente, me voy a bajar!
-Tranquilo, viejo, relájate. No hay otra cosa mejor que hacer que viajar en carretera y escuchar música o qué ¿tienes miedo?
-¿A caso estás loca? Nos vamos a matar si tu amiga no baja la velocidad.
-Morirás algún día de todos modos.

– Romi TO