Era un cuarto con una litera, una ventana, dos armarios y dos escritorios. Desde sus bocinas sonaba Usher y Michael Jackson, desde mis audífonos sonaba Dave Matthews y David Gray. Justin escribía letras en un cuaderno de piel, luego les inventaba melodías y cantaba todo el día: camino al desayuno, entre clases, botando un balón de basket en los pasillos…

Me pedía mi opinión sobre las letras, le ayudaba a encontrar palabras y en las noches hablábamos sobre el tiempo. Teníamos catorce años y, a través de la música -en la ilusión de entenderla y de crearla-, inventábamos un mundo en el que creíamos saber todo sobre el amor, el sexo y el arte, sin haber participado en ninguno de los tres.

Si en ese entonces nos hubieras preguntado en qué se basaba nuestra conexión, ninguno hubiera pensado que era en la música. Nos burlábamos de lo que el otro escuchaba, pero el peso que le dábamos por separado fue el principio de algo enorme. El segundo año, Jorge y Fero nos enseñaron a tocar la guitarra. A partir de ahí, Justin no dio ni medio paso para atrás.

Después de cuatro años sin vernos, mientras Jorge, Lasio y yo “estudiábamos” música en Londres, Justin fue a dar un concierto y convivimos con él varios días. Acababa de cumplir diecinueve y ya la estaba empezando a romper en Europa. Entre cervezas y botellas de vino, platicábamos sobre José González y Fink, grabábamos audios de baja calidad, y sonreíamos porque en esos días la vida no se trataba más que de búsqueda.

Al escuchar “Don’t Listen To A Word You’ve Heard”, una noche en el parque, me di cuenta de la cantidad de alma que había en sus canciones, las cuales había descalificado por el simple hecho de sonar demasiado pop. Me tardé en entender que, a veces, el significado está en la entrega. En la música de Justin –muy como en la de Jeff Buckley- el sentimiento de una voz hermosa a punto de quebrarse puede contener más información que la letra entera.

Han pasado ocho años desde Londres. En ese tiempo Justin sacó tres discos, se hizo gigante en Francia y otras partes de Europa, tocó en Late Night con David Letterman, le abrió a Stevie Wonder, y experimentó hasta llevar su música a un lugar único en el que pop, soul y folk se diluyen en atmósferas enormes. Yo deje de tocar casi por completo.

No me extraña, pero supongo que tampoco es normal, que nadie en esta historia se haya convertido en publicista o arquitecto. Jorge y Fero tienen una banda que se llama Gloom, la cual es parte de PYL, la disquera que formamos Lasio y yo, que está encargada de presentar el concierto de Justin el próximo 18 de noviembre en La Teatrería. Si lo planeas no sucede.

– Diego Morales