Hay veces en las que las cosas están en calma, días en los que no importa el caos y la vida fluye al ritmo de tu propia rutina.

Hoy llegué a la habitación con el ánimo más neutro que nunca, el ánimo satisfactorio de saber que las cosas se están haciendo como deben hacerse y que los sueños se alcanzan poco a poco, que lo que hay es lo mejor que pueda haber ahora.

Me puse la ropa de dormir y me senté en la alfombra, terminé algunas tareas y después, me recargué en la cama que quedaba a mis espaldas. Siempre que hago tarea procuro no poner canciones que pueda cantar, para no distraerme, y busco aquello que me lleve a la concentración. Hoy la canción que me acompañó tuvo un efecto distinto al que buscaba.

Los sonidos me llevaron en segundos al salón de baile más grande que jamás había visto, yo entraba por una puerta trasera, como si me escondiera del mundo, a lo lejos estaba él, en un traje elegantísimo y yo traía el vestido que tanto le gustaba. Me acerqué por detrás y le toqué el hombro, él volteo y me miró de frente, muy cerquita. Tomó mi mano y bailamos sin hablar, era como si ni siquiera siguiéramos el ritmo de la canción, pero nos quedaba perfecta.

Su mirada se clavaba en la mía y podía sentir todas sus vibraciones chocando con mi cuerpo, no hacíamos más que dejar que nuestros adentros hablaran, las luces neón nos inundaban y nos hacían mucho más eternos dentro de ese viaje. Poco a poco, nos acercábamos más, hasta quedar abrazados escuchando la música disolverse. Era él, lo que significaba el tacto, el roce entre dedos, mi cabeza en su pecho. Me quedé así y dejé de escuchar.

Abrí los ojos poquito a poquito y me hallé en el cuarto vacío, con la sensación de tenerlo todavía presente. Recuerdo su rostro y la armonía que encontramos juntos y cómo todo embonaba a la perfección con el mood que he estado teniendo últimamente, este mood neutro, de vivir tranquila, de sentir de nuevo las cosquillitas por las cosas más simples como una mirada profunda o un roce.

Esta canción me lleva siempre a esa escena que creé juntos, pero sobre todo, me remite a la tranquilidad de saber que todo está bien y que el caos puede tener un control que llega a ser divino y totalmente disfrutable. Que puedes esconderte en el salón de baile que quieras y que tú eliges a tu acompañante de viaje. Un viaje en el que puedes subir y bajar pero que, de igual forma, te va a hacer sentir pleno.

– Aimée