Claxons, murmullo, pies apurados chocando contra el asfalto. Recorrer una ciudad nueva no es una tarea sencilla, tienes que aprender a bailar con ella, seguir su ritmo; cada una se mueve de manera distinta. Nueva York es agitado y hay que sacudir las piernas con fuerza, como si se tratase de un escenario de tap; París es más bien un baile lento, un vals que saborea cada movimiento del cuerpo.

Miro a ambos lados. Me pregunto si los neoyorkinos me habrán descubierto ya, a mí, que trato de fusionarme con la gente que me rodea. Tomo un taxi como si fuera cualquier cosa que hago todos los días. Recargo la cabeza en mi mano, fijo la mirada en la ventana, atenta al juego de sombras que se produce por los árboles y el naranja del atardecer.

Imaginaba nuestro primer encuentro un poco distinto. No hay un saxofón de fondo o poesía entonada por la voz de Woody Allen, quien me hizo fantasear con estas mismas calles al describir Manhattan en el 79. ¿Será normal enamorarse de un lugar? En cualquier caso, este amor no fue correspondido, tal vez fui demasiado romántica para ella, quien me guiñaba un ojo lujuriosa con su mercadotecnia, su olor a grasa y sus luces neón intermitentes.

Tuve que despedirme. Todavía pienso en ella, en sus gestos, su belleza, sus contornos y su energía. Quizá aún pueda hacer que lo nuestro funcione. Nos vemos en unos años, Manhattan.

– Cotton Mouth

Fotografía: Manhattan (1979) Dir. Woody Allen.