¡No puedo creerlo! Voy a ir a un concierto de una de las bandas más grandes, de las que han influenciado a cientos de otras, los románticos, ¡The Beatles! Alex al fin consiguió los tickets, a pesar de las horas de espera en la fila y de alguno que otro altercado con revendedores y demás gente abusiva, logró comprarlos.

Después de meses de espera, el sueño se hará realidad. Esto no sucede todos los días, así que debo controlar mis nervios y buscar el look adecuado para poder bailar Twist and Shout, aguantar los empujones de las fanáticas locas cuando toquen I need you y llevar pañuelos suficientes cuando suene And I love Her.

Se acerca la hora, vamos a hacer la fila. Compramos recuerdos, playeras, estampas, todo lo que traiga la imagen del cuarteto de Liverpool es digno de coleccionarse. Nos alocamos, es inevitable gritar, llorar y desmayarse. Las puertas se abren y corremos como locos, yo quiero el lado de John Lennon ¿se imaginan si voltea a verme?, uff, me desmayo.

Se apagan las luces, sale Ringo, le sigue George Harrison, Lennon y, por último, McCartney. ¡Aaaaaaah! Los desmayos y las lágrimas jocosas no se hacen esperar. El público se desborda y ellos se sonríen entre sí.

La música comienza a sonar con fuerza, vaya que por ellos no pasan los años, siguen con la misma vitalidad, como si fuera la década de los sesentas. Felicidad absoluta.

Termina el concierto y no podemos estar más agradecidos por ese sublime momento que acabamos de plasmar en nuestro ser.

-¡Romina, ya levántate, se hace tarde! – grita mi madre desde la sala.
-¿Qué? – me digo en voz alta.- ¿Todo fue un sueño? ¡Ay, no!

– Romi To