Todavía recuerdo ese sentimiento, ese bello sentimiento: el de caminar por aquella ciudad desconocida, siguiendo las líneas de las calles tal como iban apareciendo. Encontrarme sola en ese lugar, en donde jamás había estado, donde la gente no me reconocía, donde era nadie.

Recuerdo ese momento, todo era nuevo, no sabía nada de esa ciudad y ella no sabía nada sobre mí. Éramos completamente extrañas la una de la otra, pero eso solo me traía una felicidad que no había sentido antes.

El ser nadie se sentía muy bien, me aligeraba y liberaba de cualquier forma de pretensión, podía ser quien quisiera, podía reinventarme a mí misma, podía ser libre.

El venir de un pueblo pequeño, donde todos se conocen entre sí, significa que desde el momento que naces eres definida por tu familia, por lo que había antes de ti; pero en una ciudad tan grande como esa, nadie ni nada está presupuesto.

Entre tanto de todo, yo solo era una más y me resultaba perfecto.

No me importaba que la gente no me reconociera ni me saludara en la calle, podía caminar en pijama a mitad del día sin sentirme cohibida, podía salir a un bar por mi cuenta y la gente no me juzgaría.

Viví la libertad que te da el ser nadie: empiezas a ser todo lo que quieres ser.

Ahora la extraño, extraño esa ciudad que me dejó probarlo y serlo todo, y, sobre todo, me enseñó que puedo hacerlo en cualquier lado, que ahí reside lo importante: el ser tú mismo a donde sea que vayas.

– Poly