Es indiscutible que cada quien vive de forma diferente la experiencia de estar ante una obra de arte. Ante esto se nos abre un abanico de posibilidades. Por ejemplo, hay quien pueda escuchar alguna canción de Bob Dylan y escuchar más a una cabra en agonía que a alguien cantando. O encontrarse con “European song” en “The Velvet Underground & nico”  y creer que es más una pretensión, espectáculo y vanguardismo empachoso, que una canción. Es una canción sin embargo: hay voz.

Pero el tiempo pasa, y vuelves a escuchar esa canción de nuevo. Lo tuviste en tu cara todo este tiempo y no lo habías visto, o escuchado. Ahora te gusta esa canción. Todo es lo mismo, pero algo está pasando aquí, no sabes qué es y entonces todo es ya es diferente. Te atrapa esa melodía, entiendes esos dos versos que sonaban más bien disparatados y crípticos. Es como de pronto entender algo y sentirse de alguna forma implicado, como entender un chiste y reír. Pero chistes hay muchos, y cada loco con su tema. Hay chistes simplones y elaborados; “epopéyicos”, trágicos, didácticos; para niños, para blancos, para negros, para latinos; aquellos que son trillados; chistes buenos que mal contados nos amargan la vida y chistes malos que bien contados nos hacen estallar en risas antes de que termine. Si te lo explican ya no es gracioso. Al igual que cualquier chiste, debe haber algún grado de ingenio que logre engatusar al que lo escucha, y de esta forma obtener su grado de sorpresa o desconcierto. La sorpresa juega su rol para provocar la risa.

Es un resultado un poco irónico que estando en una sociedad (tomada desde hace algún par de generaciones por el internet y las redes sociales) que enaltece la herramienta del diálogo ante la aparición de conflictos, que repudia la violencia y sobrevalora la cultura, se polarice en sus opiniones: todo es relativo o nada lo es, yo estoy en lo correcto y tú en lo equivocado, así es como deben vivir todos la vida, la sexualidad, etcétera. Nada más que encerrados en sus opiniones. De pronto alguien hace un comentario en donde cuestiona algo hacia lo políticamente correcto, por ejemplo, acerca del movimiento pro a la diversidad sexual, y en menos tiempo de lo que pronuncio “Saskatchewan” esta persona ya está bombardeada de comentarios acusándolo de opresor, obtuso, imbécil, etc. Peor aún si se atreve a utilizar argumentos basados en la religión. La expresión que comúnmente se utiliza para este fenómeno es “triggered”, y la definición que le otorga la “urbandictionary.com”[1], es la de sentirse lleno de odio después de haber visto, escuchado o experimentado algo que no se puede tolerar. ¿Qué será eso que no se puede tolerar? Quizás a uno mismo. A lo que voy es que sucede que en este acto obtuso y reaccionario se  suelen omitir todos esos matices que hacen tan jugosa la experiencia humana.  Es irónico que en una red inundad de memes y videos de gatos, se tomen tan en serio la opiniones. No sólo esto, sino que autores de dichas opiniones se otorgan una importancia tal, que me pregunto si en realidad hace tiempo que salimos de órbita y la tierra está girando alrededor de sus cabezas. Adiós a Marte como nuestro vecino.

Respecto a la música no es muy diferente, y cada quien toma su bando para defenderlo a capa y espada. Es un “nosotros” contra “ellos”, el buen gusto contra el mal gusto, la música de cámara contra la música popular, el jazz contra el folk, el folk contra el rock (¿Dylan contra Dylan?), el punk contra el glam, Blur contra Oasis, las grandes disqueras contra las bandas independientes… o peor aún, para las que se denominan escenas locales: las bandas independientes contra otras bandas independientes. En alguna entrevista Villoro[2] criticaba esta lógica en México en donde a aquel que obtiene alguna clase de éxito (llámese artístico, deportivo, científico, etc.), y que de alguna forma destaca, es visto más bien con envidia y desconfianza (porque, ¿a quién le habrá pagado, qué favores cobró para llegar hasta ahí? seguramente la tuvo muy fácil); por otro lado a aquel que fracasa se lo trata más bien con una actitud “apapachosa” (el “no te preocupes…” “todavía te queremos….” “¿porqué tan triste? vente con nosotros”). Como si el que destaca no nos representara de alguna forma,  como si fuera mejor ser mediocres en manada.

No nos gusta sentirnos solos, pero ante la música, ante esa experiencia desorientadora, que es como entender un chiste, lo estamos.  Una canción no tiene que impresionar a todo el que lo escucha, pero hay quienes ya no son los mismos después de haber escuchado algo. Uno va por el mundo creyendo que la banana del álbum no es realmente un “sticker”, que un “solo” de guitarra debe ser virtuoso, épico y difícil; que de lo único que se puede hablar en una canción es de amor y que definitivamente una silla no es un instrumento musical. Un álbum “hechizo”, después de todo. Al momento de terminar la música, queda una especie de vacío. Parece que algo así introduce un nuevo orden, o mejor dicho: uno se ve obligado a rehacer un nuevo orden, después de una sacudida tal

-Misael


[1] Se trata de un diccionario web que resulta bastante útil cuando se trata de buscar, no la definición “oficial” de la palabra, sino su sentido como expresión coloquial

[2] youtube.com/watch?v=iz7gTR2uI3E