Vengo a contarles que cuando estudiaba la secundaria fui fan del polémico dueto ruso llamado t.A.T.u. Ivan Shapovalov, productor y creador del grupo, sí que supo jugar muy bien la carta publicitaria de hacernos creer que Lena Katina y Yulia Vólkova eran lesbianas y además formaban una pareja.

Recuerdo que una tarde estaba viendo Telehit, y de pronto inicia el video de estas chicas rusas titulado All The Things She Said. ¡Las chicas se estaban besando! Situación que para mí en ese entonces era bastante novedosa y escandalosa ya que en mi familia esos temas no solían llevarse a la mesa. Yo estudiaba en un colegio de monjas así que ya se imaginarán que cuando las chicas del colegio comenzamos a escuchar a t.A.T.u. en los pasillos de la escuela, las monjas reprobaban y censuraban el hecho de que tuviéramos contacto con la homosexualidad. Una amiga del colegio, que moría por Lena y Yulia, solía regalarnos pósters y stickers de la banda; recuerdo también que no todas teníamos el disco así que esta chica hacía labor social y se dedicó a “quemar el disco” en los discos vírgenes que le proporcionábamos para que así ninguna niña se quedara sin la oportunidad de escuchar Not Gonna Get Us. Realmente nos estábamos divirtiendo mucho con la tatumanía, que no nos importaba lo que los demás estuvieran pensando.

Estar escuchando la música de estas chicas rusas hizo que la dirección de la escuela convocara a una junta de padres de familia para comunicarles lo que estaba sucediendo con las chicas y para poner un freno a la situación de tener contacto con actos que ellas denominaban “inmorales”. Todo ese alboroto realmente era demasiado cómico, yo solía carcajearme cuando veía que las monjas del colegio se molestaban y pasaba por mi mente “quizá ellas tienen ´miedo´ de volverse lesbianas por escuchar a t.A.T.u.” Todo era tan chistoso, que nosotras lo hacíamos para hacerlas enojar. Recuerdo que mi padre llegó a casa después de la junta y él no le tomó nada de relevancia a la convocatoria que habían hecho en la escuela, él siempre ha sido la clase de padre que me deja escuchar la música que me gusta y nunca ha censurado ninguno de mis actos. “Cada día están más locas las monjas” fue lo que expresó y yo moría de la risa.

Nos rebelábamos a las normas del colegio a través de la música y fue la primera vez que experimenté la bella sensación de romper las reglas retrógradas que impone la religión católica.

El dueto ruso fue una moda pasajera, y poco a poco lo fuimos olvidando. Algunas chicas se sintieron empoderadas y “salieron del clóset” como suele decirse; otras como yo sabíamos que no éramos lesbianas y que escuchar al dueto no influía en nuestras preferencias; pero lo que todas aprendimos es que el lesbianismo no es ningún defecto, delito o acto inmoral y que toda persona que tome ese camino es un ser humano que debe gozar de los mismos derechos y obligaciones que los heterosexuales. Podría sonar un poco tonto pero la tatumanía fue el inicio de mi educación con referencia a las preferencias sexuales y desde ahí partió mi formación de respeto y lucha para reconocer los derechos de la comunidad gay. Años después Yulia y Lena confesaron que nunca fueron lesbianas, que jamás habían formado una pareja y que incluso una de ellas estaba felizmente casada con un hombre. Todo había sido parte de un plan publicitario para catapultar al dueto a la fama y sí les funcionó. Y aunque le rompieron el corazón a mi amiga y a muchas chicas más, el dueto nos enseñó a luchar por lo que queremos y a reconocer que todos somos diferentes y que nuestra libertad de elegir a quien amar debe ser respetada.

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