Vale madres que un concierto esté lleno. No significa nada si no es por las razones correctas. Como organizadores, en Pedro Y El Lobo hemos aprendido, por las buenas y por las malas, que el éxito de un evento poco tiene que ver con la cantidad de gente que haya en el foro.

Dos ejemplos reales de los últimos años:

El primer artista internacional que trajimos fue Balmorhea, una banda instrumental de Austin (que si no conocen, es mejor que dejen de leer este artículo y la descubran, empezando por un disco llamado All Is Wild, All Is Silent). Ese concierto fue parte de Ordinary People, la serie que creamos y producimos en conjunto con el Lunario.

Siempre será una de las noches más importantes en todos los años de PYL, y para nosotros, fue hermoso, sin embargo, en realidad hubo un ambiente muy extraño. Al ser la primera vez que producíamos algo tan grande, la mayoría de los asistentes tenían una conexión con alguien del equipo.

Hicimos la mayor difusión que Balmorhea ha recibido en su carrera: revistas, radio, impresos, entrevistas, sesiones… Al final, el Lunario se llenó de amigos, familiares y el primo del primo. Gente que creía en nosotros y nos fue apoyar. Los amamos y estamos eternamente agradecidos, pero, a decir verdad, la atmósfera de esa noche estaba muy lejos de la cultura de música en vivo que buscamos crear, aun así, entraron más de 600 personas y ganamos dinero.

Dos años después, trajimos a Low Roar, una banda islandesa que nos encanta y tiene una base de seguidores en México. El concierto fue en el Foro Indie Rocks, y me atrevo a decir que –como fans– es el que todos los organizadores más hemos disfrutado. La gente estuvo tan atenta que Ryan, el vocalista, se podía alejar del micrófono y seguir llenando el cuarto de melodías. Esta vez, la conexión era con la música, no con nosotros.

El público estaba compuesto por fans de la banda y gente que se ha ido enamorado de los conciertos que hacemos. Digamos que los residuos más puros del apoyo que recibimos en el de Balmorhea. Fue una combinación increíble y una noche musicalmente mágica, pero aunque nuestra credibilidad ha crecido y ahora somos capaces de atraer a más personas que no conocemos, la convocatoria real que tenemos sin el primo del primo es bastante menos. Esta vez, entraron menos de 400 personas y perdimos dinero.

Nunca es buena noticia que no salgan las cuentas, pero en eventos como el de Low Roar ganamos de otras formas más importantes. Nuestra apuesta es a esa mezcla que describí en el párrafo anterior. En un lugar como la Ciudad de México, en la que tantas cosas pasan al mismo tiempo, poca gente fuera de esa fórmula va a llegar por un boleto a la entrada.

Desde nuestra experiencia, la difusión en medios es parte del trámite. Es poner un concierto en la agenda y generar un mundo de palabras e ideas alrededor de él, pero no mucho más que eso. En México, prácticamente no existen medios que marquen una diferencia para que alguien vaya a ver una banda desconocida. Fuera de los spots de Ibero 90.9, que le dan una jerarquía única del formato de la radio a una recomendación, no estoy seguro que una publicación haya sido directamente responsable de que alguien compre un boleto sin haber conocido previamente al artista.

Y no es que crea que un medio no tenga el poder para hacerlo, pero es que el noventa y nueve por ciento de ellos no se toman la molestia de escuchar un disco antes de escribir la nota. No comunican con una emoción real de lo que puedes encontrar asistiendo a tal o cual concierto. Lo mantienen simple: fecha, lugar, precio y el primer párrafo del press kit. Su servicio es meramente informativo. ¿Y a quién le sirve esa información? Solo a gente que, o le gusta la banda, o confía en la promotora.

Dos ejemplos de métodos de difusión alternativa que hemos usado:

Para el concierto de Justin Nozuka, la capacidad del teatro era de 120 personas. Usando la fórmula de seguidores de PYL, más fans del artista, sabíamos que no tendríamos ningún problema en llenarlo. Un par de anuncios de Facebook dirigido a los seguidores de Justin Nozuka en la ciudad, sumados a nuestras publicaciones normales fueron suficientes. Teatro lleno, callado y contento. Sin asientos ocupados por reseñistas.

Un día antes del concierto de Low Roar, decidimos hacer una sesión en vivo en un estudio. Invitamos a periodistas, influencers y medios específicos- a los que admiramos- a estar en el cuarto durante la grabación y luego tomar una cerveza con los miembros de la banda. Una experiencia en la que todos la pasan bien y se acercan de forma real a la música. Naturalmente, cuando comparten videos, fotos e impresiones, lo hacen con una emoción tangible y fundamentada, que se contagia.

Dos conclusiones para promotores independientes:

La primera: no hay nada más importante que saber la dimensión de tu evento. Si la suma de la gente que confía en ti y los fans de la banda es mucho menor que el espacio que tendrías que llenar, algo tiene que cambiar. En la disyuntiva entre perder un poco de dinero o invitar a conocidos que no les importa el concierto, es mejor un foro medio vacío y muy atento que uno lleno que no para de platicar.

La segunda: una acción que contagie emoción de manera natural a diez personas es más eficiente que una nota informativa en la primera plana de un periódico. Ojalá bastara con compartir el póster.

– Diego Morales