Tengo una extraña afición por recorrer la ciudad de noche, caminar por las calles semidesiertas y entremezclarme con las luces de los coches corriendo a toda prisa por las avenidas.

Pero uno mis lugares preferidos durante esas horas de la madrugada cuando el sol descansa y las estrellas alfombran el cielo, es el parque. Si nunca han ido a alguno de noche, cuando la ciudad finge dormir y silencio arrulla, se han perdido de algo muy bueno.

En total calma, los únicos puntos luz emergen de los faroles a distancia. Me recuesto sobre el pasto bañado de rocío, y admiro el cielo, el simple hecho de observarlo y conocer, de alguna forma, el significado del infinito.

No importa si he llegado ahí sola, caminando, o si con mis amigos después de la fiesta decidimos tomar un respiro y acostarnos sobre el pasto. La vida corre deprisa, experiencias corredizas que se van sin darnos cuenta, sin vivirlas, sin sentirlas. Por eso amo esos lugares, son un pequeño paréntesis de los problemas que estorban, de la iracunda rutina, presentan un espacio en donde se conecta el alma y el universo. Se funden como un beso y se es feliz aunque sea por un breve instante.

Si ha sido un buen día, si rompieron mi corazón hace algunas horas, si ese día aprendí algo o de plano no sucedió nada, en ese momento deja de ser transcendente, pues en algunas horas todo ocurrirá de nuevo, pero en distinta forma, cuando otro día comience.

– Poly