“Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”. Gabriel  García Márquez hablando de Cartagena de Indias.

Hace unos meses visité su Cartagena, esa ciudad amurallada, con miles de casas  de colores brillantes por fuera. Treinta grados, el mar de frente, la brisa con sabor a sal y ese olor a coco que tanto amo. Estar ahí era como estar viviendo en una canción de Caloncho en “Palmar” para ser más específica. Esa onda tropical se acentuaba en todos los detalles de la ciudad, naranjas, amarillos, arena, el sudor resbalando por mi frente, la cerveza bien fría, el barrio hippie.

Ese feeling de estar tirada a la deriva sobre un camastro, escribiendo en mi libreta, con un pie en la alberca para refrescarme, no deseando estar en otra parte. No supe exactamente qué me hizo elegir ese lugar para iniciar el viaje, seguramente era que tenía curiosidad por sentir en carne propia  de lo que hablaba Márquez, ese lugar que él escogía como escape, porque en cierta forma, yo estaba haciendo lo mismo: escapando.

Y no digo escapando como algo malo, si no como un ligero descanso de la realidad para poner en perspectiva la vida de vuelta en casa al estar tan ajeno a ésta. Callar un rato la cotidianidad, al escuchar el vaivén de las olas del mar con una piña colada al lado.

“Quisiera llevarte al mar,

Y nunca regresar a la ciudad”

-poly