Esos días largos, con miles de cosas que hacer por delante.

Los lunes por las mañanas.

Las madrugadas de insomnio.

Cuando no puedo sacarte de mi cabeza.

Cuando no quiero salir de la cama.

Me auto receto música.

Tomo canciones como si fueran píldoras.

Escuchar a mis bandas favoritas es como si me inyectasen cierto tipo de morfina y mi cuerpo se lograse levantar y hasta ponerse a bailar; no hay mejor remedio para los corazones rotos, la tristeza, la melancolía, que la música en dosis precisas. Como si fueran suero, las melodías van corriendo deprisa por mis venas, hasta llegar a mi corazón y hacerlo latir más fuerte.

Boom, Boom, Sha, la, la, la, la. Inyecta vida.

No sé qué clase de droga sea la música, pero en mí su efecto siempre me lleva a un mejor lugar. Ahí está cuando la necesito, siempre dispuesta a hacerme amar la vida de nuevo, a recuperar la esperanza y a seguir adelante. Con el tiempo surgen nuevas fórmulas, nuevos cd’s, nuevas canciones, nuevas formas de hacerme sentir.

Creo que ahí está la clave de la efectividad de la música como medicina: te hace sentir de nuevo, te mueve por dentro, te cambia, te hace más fuerte, más tú.

Los acordes precisos en la cantidad indicada para reparar el daño interno y sanar el alma. Siempre recurro a ella, mi mejor aliada, mi mejor medicina, nada ha surtido efecto en mí, como la música al correr por mi cuerpo.

Bendita música, bendita droga.

– Poly.