Me gustaba subir a la azotea por la tarde y mirar el cielo teñirse de colores rosados y violetas.
Me gustaba mirar el cielo mientras tomaba cerveza y comía una rebanada de pizza. Se volvió una de mis actividades favoritas.

Subía, tendía una cobija vieja, llevaba un par de cojines y me recostaba por horas, con los audífonos puestos y la música a todo volumen, simplemente disfrutaba del deleite que producía ese momento en mi cuerpo y mente.

La brisa, a esa hora era perfecta, no incomodaba, sino que llegaba como un susurro. Tomaba una cerveza bien fría y calentaba un poco de pizza de pepperoni sobrante del fin de semana anterior, no necesitaba más.

Me recostaba, fumaba un cigarro de vez en cuando, filosofaba un rato, disfrutaba de mi propia compañía, recordaba, lloraba, sonreía y cantaba mis canciones favoritas a todo volumen.

Adoraba ese pequeño espacio de tiempo a solas para respirar y sentir un poco de libertad.

A veces subía un libro y leía por horas, hasta el que el sol desaparecía y me impedía percibir las palabras. Otras veces, ponía mis canciones favoritas y bailaba, bailaba, giraba, brincaba, sin que me importara que algún vecino me viera y juzgara de loca.

Algunas veces, por la noche, cuando el insomnio atacaba, subía las escaleras, llevaba mi cobija y almohadas y me disponía a contemplar las estrellas, hasta que caía dormida, pero el frío de la madrugada me despertaba y me obligaba a bajar.

Confieso que esa parte de la casa era mi preferida. En las alturas, lo demás parece más pequeño, lejano e insignificante.
Siempre amé la azotea, su grandeza, mi fuerte en las alturas, mi lugar.

– Poly